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Francés finalmente consigue la palabra para 'borracheras'

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La comisión del ministerio de cultura ha aprobado una nueva frase, que se traduce literalmente como 'beber rápido'

El idioma francés finalmente recibe una palabra para "borracheras".

Parece que durante mucho tiempo, el consumo excesivo de alcohol no fue realmente un problema francés; o más bien, beber toneladas de alcohol con el propósito específico de emborracharse ni siquiera era un concepto en el idioma francés. En lugar de encontrar una palabra en francés, simplemente agregaron una "le" al término en inglés "binge drinking" (es decir, "le binge drinking") y terminaron el día.

Ya no; Guardian informa que Le Monde, el tipo de policía de habla francesa, finalmente ha aprobado una palabra francesa para borracheras: beuverie express, literalmente "beber rápido". Le Monde define este término como "la absorción masiva de alcohol, generalmente en grupo, destinada a provocar la embriaguez en el mínimo tiempo".

No es exactamente beber en exceso, pero transmite el concepto; Le Monde calificó la "absorción masiva" de alcohol como "más de 4 a 5 vasos en menos de dos horas", aunque no sabemos qué tan grande es cada vaso o de qué están llenos. Porque en esta oficina, cinco copas de vino no son nada.


10 maneras de relajarse sin esa copa de vino por la noche

Si eres una mujer millennial, es muy probable que hayas visto al menos uno de estos dichos en tus redes sociales. Probablemente también hayas visto los calcetines con solicitudes de vino impresas en las suelas, o camisetas con dichos como & # x201C Estado de la relación: Vino. & # X201D Y no olvides las imágenes de Instagram en alabanza de un brunch borracho & # x2019s. # x2014 o en lamentación de una resaca.

Sí, el vino está firmemente arraigado en la cultura millennial. Y ciertamente no hay nada de malo en disfrutar de una copa de vez en cuando. Pero mientras que los memes sobre & # x201Cwine o & # x2019clock & # x201D y & # x201Cmommy juice & # x201D pueden parecer lindos en la superficie, son indicativos de un aumento en el consumo excesivo de alcohol entre las mujeres.

Un estudio publicado en Psiquiatría JAMA encontró que, entre 2001 y 2013, aumentaron los patrones de consumo de alcohol de la población de EE. UU. en su conjunto. Las mujeres se encontraban entre los grupos con el aumento más notable, especialmente en comparación con los hombres, y a medida que las mujeres beben más, la & # x201C brecha de género & # x201D en los patrones de consumo se reduce. Pero dado que las mujeres son más sensibles a los efectos negativos del alcohol, el consumo excesivo de alcohol presenta peligros adicionales.

Mientras que la JAMA El estudio no estaba dirigido a encontrar una causa para esta tendencia, los investigadores notaron un par de posibilidades, desde la actitud general sobre la bebida hasta el estrés diario de trabajar y criar una familia.

El vino, por supuesto, es la bebida cliché preferida entre las mujeres millennials. Según Wine Spectator, & # x201CA dos tercios de los bebedores de vino de alta frecuencia menores de 30 años en 2015 eran mujeres. & # X201D La industria del vino se ha dado cuenta y ha comenzado a prestar más atención a los hábitos de vino de las mujeres & # x2019. Y aunque no todo el mundo se siente atraído por etiquetas como & # x201CMad Housewife & # x201D y & # x201CSkinny Girl, & # x201D, los datos del Wine Market Council muestran que & # x201C26% de las mujeres han comprado vinos que han sido creados y comercializados específicamente. a las mujeres. & # x201D

En algunos casos, el consumo excesivo de alcohol se asocia estrechamente con la feminidad moderna. En un artículo de Quartz, una mujer escribió que, como una mujer recién sobria, se le ocurrió & # x201C que ser una mujer moderna y urbana significa ser una bebedora seria & # x201D.

Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, entre las mujeres en el rango de edad de 18 a 44 que beben, alrededor del 18 por ciento beben en exceso, lo que significa tomar 4 o más tragos en una ocasión. Para poner eso en contexto, una botella de vino estándar tiene capacidad para alrededor de 5 vasos.

El Washington Post informó que, desde 1997, el número de mujeres que beben en exceso ha aumentado en un 40 por ciento. Y a medida que ha aumentado el consumo excesivo de alcohol, también lo han hecho las muertes relacionadas con el alcohol entre las mujeres.

El atracón no es el único peligro. El Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo define el consumo de & # x201Cat-risk & # x201D o & # x201Chavy & # x201D para las mujeres como más de 3 tragos en un día o más de 7 por semana. De manera similar, los CDC definen beber en exceso como tomar 8 tragos o más por semana.

Un artículo de la revista SELF comparó el uso actual de alcohol para hacer frente a la mentalidad de & # x201CMommy need wine & # x201D & # x2014 con la epidemia de Valium de la década de 1960, cuando las mujeres guardaban & # x201CMother & # x2019s Little Helper & # x201D en sus carteras. Pero esta cultura del consumo excesivo de alcohol puede ser profundamente dañina para las mujeres que ya están luchando contra la ansiedad y la depresión al empeorar sus síntomas.

Debido a que la bebida está tan arraigada en nuestra cultura, es fácil que las señales de un problema pasen desapercibidas. Hace unos años, una organización francesa demostró este punto con una cuenta de Instagram que aparentemente relataba la vida de una joven llamada Louise Delage. Lo que muchos de sus miles de seguidores no notaron fue que, en cada publicación, tomaba una bebida alcohólica.

Como una mujer valiente escribió para En verdad, también es posible que no veamos nuestros propios problemas. Al reflexionar sobre su viaje de recuperación, escribió: & # x201CI estaba completamente ciega a mi problema. No era & # x2019t que no estaba & # x2019t introspeccionando & # x2019s solo que mi relación con el alcohol se había convertido en una adicción, y resulta que las adicciones son puntos ciegos. & # X201D Un par de conversaciones con personas honestas cambiaron su vida.

Como muestra la historia de esa mujer, las interacciones que tenemos entre nosotros pueden alterar profundamente la vida. En algunos casos, eso podría significar apoyar a un amigo que decide buscar asesoramiento o unirse a un programa de recuperación. El Instituto Nacional sobre Alcohol y Alcoholismo tiene un breve cuestionario para ayudarnos a evaluar nuestros propios patrones de consumo de alcohol, junto con herramientas para ayudarnos a cambiar esos hábitos.

También podemos apoyarnos unos a otros al encontrar formas saludables de lidiar con el estrés a diario. Mientras trabajaba en este artículo, encuesté a mis amigos sobre cómo se relajan sin alcohol. Aquí están nuestras 10 ideas sobre cómo relajarse sin esa copa de vino por la noche.


Introducción

Visión general

La preocupación pública por el consumo excesivo de alcohol se ha convertido en una forma de agitación social leve en el Reino Unido y en otros países en los últimos tiempos.

Las ramificaciones del consumo excesivo de alcohol en la esfera pública y los resultados sociales y de salud negativos científicamente probados siguen siendo las principales razones detrás de los intentos de controlar la progresión del consumo de alcohol a niveles en los que el hábito influiría considerablemente en la salud social y, en consecuencia, en la armonía social.

Este fenómeno de picos extremos de consumo de alcohol se puede marcar hasta los períodos de la adolescencia tardía y la edad adulta temprana. A pesar del aborrecimiento público de esta tendencia, el comportamiento extremo de beber se ha convertido en una forma de comportamiento culturalmente apropiado y un rito de iniciación del desarrollo reconocido sociológicamente en la edad adulta temprana (Martinic & amp Measham 2008).

Este fenómeno sociológico ocurre típicamente en lugares públicos como bares, pubs, clubes nocturnos y generalmente se manifiesta en grupos en lugar de beber individualmente. Esta práctica trasciende tanto la clase social como la cultura.

En general, la cantidad de alcohol que consume una sola persona en un país a veces conocido como consumo per cápita ha sido una medida aceptada del grado de consumo de alcohol.

Sin embargo, el consumo per cápita como modo de recopilar datos relevantes está pasado de moda y solo se puede decir que es un indicador muy burdo cuando se trata del consumo de alcohol.

Tiene éxito en proporcionar tendencias generales de consumo de alcohol, pero falla cuando se trata de capturar la miríada de formas en que las personas beben (Stimson et al 2007). En otras palabras, no describe la bebida en términos contextuales. Por ejemplo, mientras que algunas personas se involucran en intoxicaciones poco frecuentes, otras se involucran en la búsqueda de episodios de intoxicación intensa con mayor frecuencia.

A pesar de esta deficiencia, el consumo per cápita, al que aquí se hace referencia como medidas a nivel de población, proporciona un indicador bruto muy importante del consumo de alcohol. El consumo per cápita de alcohol en Inglaterra ha aumentado de siete años donde se había estabilizado en aproximadamente diez años a los nueve litros actuales. En promedio, los hombres consumen 16 unidades de alcohol a la semana, mientras que las mujeres 5,4 unidades (Paton & amp Touquet 2005).

En los últimos años, el término consumo excesivo de alcohol ha reemplazado la comprensión anterior del mismo fenómeno del comportamiento antisocial relacionado con el alcohol. Los patrones de comportamiento antisocial que pueden explicarse por los efectos modernos del consumo excesivo de alcohol se pueden rastrear a partir de informes anteriores en la historia británica.

Ya en 1854, el informe de la sociedad de templanza de Worktown (Bolton) comentaba que la embriaguez como fenómeno social prevalecía dolorosamente en Borough.

El informe reitera además que esto puede ser confirmado por la presencia de hombres e incluso mujeres que se tambalean por la calle luego de consumos intensos de alcohol, reyertas, peleas e incluso casos destacados de carácter bárbaro.

Los estudios indican que en el Reino Unido, menos de uno de cada diez de los niños de trece años no ha consumido alcohol, mientras que la mitad de los que tienen entre 13 y 16 años de edad lo hacen en exceso. Los jóvenes que incluyen a las mujeres representan el grupo más grande de bebedores jóvenes en Europa (Ellul 2008).

Si bien estas características que infieren directamente el consumo excesivo de alcohol han sido aceptadas socialmente como estilos británicos de beber, no son únicas entre la población británica únicamente, sino que tales características pueden reproducirse en varios países del mundo.

La ambivalencia cultural es el término utilizado para referirse a la tolerancia e inculcación del consumo excesivo de alcohol en la sociedad y, por lo tanto, mientras las ideologías contra el consumo de alcohol comienzan a impregnar el panorama británico, junto con las leyes de concesión de licencias, la tradición aún permanece y, por lo tanto, continúa determinando el resultado de la estrategias complejas que tienen como objetivo inhibir las conductas de consumo excesivo de alcohol.

Definiciones de consumo excesivo de alcohol

El consumo excesivo de alcohol se puede denominar consumo excesivo de alcohol que implica el consumo de al menos cinco bebidas consecutivas para los hombres y cuatro bebidas para las mujeres durante un período de dos semanas.

Si bien esta definición ha sido ampliamente adoptada y utilizada por los investigadores, el Instituto Nacional sobre el Alcoholismo y el Abuso del Alcohol da una definición más concisa que la define como "un patrón de consumo de alcohol que eleva la concentración de alcohol en la sangre a 0.08 gramos por ciento o más" ( Schutt 2008).

Sin embargo, independientemente de la definición utilizada, el consumo excesivo de alcohol sigue siendo un problema sociológico y un problema de salud pública que debe abordarse. Hay quienes argumentan que es inapropiado calificar a un hombre que ha consumido solo cinco tragos como un caso patológico, especialmente si dicho consumo ocurre durante una noche mientras toma las comidas o simplemente socializa.

La palabra atracón se define en el Diccionario de Inglés de Oxford como "un episodio de borrachera". El origen de la palabra se remonta al término dialectal inglés binge que tiene el significado de remojar especialmente para un recipiente de madera. Su primer uso registrado fue en dieciocho cincuenta y cuatro en Miss Anne Backer & # 8217s Glosario de palabras y frases de Northamptonshire.

Esto muestra cuán arraigado históricamente ha estado el concepto de consumo excesivo de alcohol entre los ingleses. El primer uso de la palabra apareció en la frase “un hombre va a la taberna para darse un buen atracón, o para darse un atracón” (Oxford English Dictionary, 2008). A lo largo de la historia británica, se pueden rastrear pruebas de consumo excesivo de alcohol y borracheras que exhiben descripciones contemporáneas.

Sin embargo, el término consumo excesivo de alcohol se atribuye a dos significados separados dentro de la literatura académica. Se utiliza para describir un patrón intencionado de consumo excesivo de alcohol que tiene lugar durante un período prolongado que normalmente se define como beber más de un día a la vez.

Un individuo que adopta predominantemente este tipo de bebida caracterizada por períodos intermedios de abstinencia puede, por lo tanto, denominarse bebedor compulsivo o compulsivo (Organización Mundial de la Salud 1994). Sin embargo, esta definición se adjunta a definiciones más clínicas de dependencia o abuso del alcohol, como han señalado Gmel et al. (2003).

El trabajo de Jellinek & # 8217 sobre la clasificación del alcoholismo, que ha sido considerado un trabajo clásico, abarca lo que él describe como alcoholismo épsilon, a veces denominado dipsomanía. Esto también es lo mismo que beber en exceso, beber periódicamente o paroxística (Jallinek, 2006).

El consumo excesivo de alcohol también se ha utilizado para referirse a casos únicos de consumo de alcohol que resultan en intoxicación, que normalmente se mide en X número de bebidas consumidas en una sola ocasión. Hay otros términos alternativos que se utilizan normalmente, que incluyen el consumo de alcohol por momentos de riesgo, el consumo excesivo de alcohol en episodios, el consumo excesivo de alcohol estacional y el consumo excesivo de alcohol.

Todos estos términos se refieren al grado de consumo de alcohol que se puede clasificar como consumo excesivo de alcohol. Este segundo significado de consumo excesivo de alcohol ha sido ampliamente adoptado por políticos e investigadores en los últimos años. La popularidad del término, tal como lo indica el segundo uso, se atribuye al patrón de consumo de alcohol de la mayoría de la población joven. Una definición común de consumo excesivo de alcohol es el consumo de cinco bebidas seguidas en las últimas dos semanas.

Para los investigadores, el valor del consumo excesivo de alcohol como concepto radica en su empleo como una medida de daño relacionado con el consumo de alcohol que ve muchos daños a corto plazo asociados con el consumo de alcohol como resultado de casos únicos de beber en lugar de consumir. más que los niveles semanales recomendados o la capacidad diaria de un individuo.

En su defensa del uso del término, Wechsler y Austin (1998) argumentaron que la definición de borrachera que implica el consumo de cinco bebidas seguidas representa la base de las consecuencias sociales relacionadas con el consumo de alcohol.

No existe un acuerdo sobre la capacidad de ingesta de alcohol que se puede denominar con razón beber en exceso dentro de su definición general como una sola sesión de bebida que resulta en intoxicación. El número de bebidas que se pueden identificar que delimitan el punto de corte para el consumo excesivo de alcohol es variado.

A este respecto, el número de personas que pueden clasificarse como bebedores compulsivos también dependerá de los supuestos límites utilizados. Como tal, la definición empleada tiene un efecto significativo en la producción de estadísticas. Otros factores que también complican la situación es la variación de las bebidas estándar de un país a otro, lo que dificulta mucho las comparaciones entre países.

Las definiciones de corte también son demasiado simplistas, ya que no tienen en cuenta factores como el consumo de alimentos, la capacidad de tolerancia al alcohol, el contexto social y el peso. Debido a esto, algunos investigadores prefieren definiciones más cualitativas de consumo excesivo de alcohol (Harnett et al, 2000: 61-67).

Está claro que ha habido un cambio en el significado del consumo excesivo de alcohol en la historia reciente. La definición "clásica" de consumo excesivo de alcohol caracterizado por el consumo sostenido durante un período de varios días ha sido reemplazada por la definición "moderna", aunque no del todo, de consumo excesivo de alcohol como un caso de intoxicación aguda.

Sin embargo, en el contexto del alcohol, ambos términos coexisten aunque de manera bastante incómoda. Por ejemplo, la antigua definición todavía se utiliza en el léxico de los términos de la Organización Mundial de la Salud a pesar de que utiliza el consumo excesivo de alcohol en su Informe sobre la situación mundial del alcohol 2004 para referirse a la nueva definición.

Del mismo modo, la antigua definición ha sido utilizada por algunos autores y el Journal of Studies on Alcohol land Drugs hasta enero de 2007 al referirse al nuevo concepto de consumo excesivo de alcohol. La antigua definición también se emplea en otros campos además del campo del alcohol.

En dos estudios comunitarios realizados en el Reino Unido con el objetivo de explorar las percepciones y definiciones del consumo excesivo de alcohol, ninguno de los encuestados dio definiciones basadas en la cantidad de alcohol consumido. Sin embargo, algunos dieron definiciones relacionadas con la antigua definición (McMahon, 2007: 289-303)

Las definiciones de consumo excesivo de alcohol tal como se utilizan en la investigación académica, por muy importantes que sean, pueden no ser suficientes para captar todo el concepto. Las definiciones utilizadas por las agencias del gobierno central son más significativas ya que el seguimiento de metas y tendencias se basa en las estadísticas generadas que son básicamente las cifras que se utilizan en el diseño de políticas.

Sin embargo, la formulación de definiciones no es muy clara. Como tal, es inevitable que se formulen preguntas sobre la base de la evidencia presentada y el papel general de la comunidad investigadora en todo el proceso.

Un hecho interesante es que en el Reino Unido, la medida oficial del consumo excesivo de alcohol comúnmente citada no es en realidad su medida, sino el carácter del consumo excesivo de alcohol. La Encuesta General de Hogares, aunque evita el uso de consumo excesivo de alcohol como término, utiliza la medida del consumo excesivo de alcohol como su proxy.

Según McAlaney y McMahon, las definiciones oficiales de consumo excesivo de alcohol están abiertas a más interpretaciones, ya que las cifras oficiales reflejan esta ambigüedad. Específicamente, destacan que la comprensión actual del Reino Unido sobre el consumo excesivo de alcohol se ha visto influida por las dos series de estudios (la Encuesta general de hogares y la Encuesta de salud de Inglaterra).

Aunque los dos estudios emplearon estudios y metodologías de consumo similares, los hallazgos fueron marcadamente diferentes debido a los límites que adoptaron (McAlaney et al 2006: 355–7). La Encuesta General de Hogares caracterizó el consumo excesivo de alcohol con el consumo de más de ocho unidades de alcohol para los hombres y más de seis para las mujeres, mientras que la Encuesta de Salud de Inglaterra sitúa la cifra en ocho o más y seis o más.

McAlaney y McMahon argumentan que se puede llegar a una conclusión engañosa cuando se pasa por alto la diferencia en la interpretación de la definición de ocho seis. Es probable que esto suceda cuando se hacen suposiciones con respecto a la definición empleada y también cuando los resultados de los estudios se presentan como comparables directamente.

Kolvin, por otro lado, sostiene que la concepción del consumo excesivo de alcohol en el Reino Unido varía entre las partes interesadas clave debido a la diversidad y las diferencias en su agenda institucional (Kolvin, 2005). Es importante que todas estas partes interesadas se refieran a lo mismo cuando abordan el problema del consumo excesivo de alcohol y, al mismo tiempo, reconocen el valor de las diferentes concepciones.

Sin embargo, a menudo ocurre que las partes interesadas no quieren decir lo mismo cuando se refieren al consumo excesivo de alcohol, lo que tiene como resultado impedir cualquier progreso que se pueda lograr con respecto al problema. El público y el gobierno también tienen diferentes percepciones sobre el consumo excesivo de alcohol y sin un entendimiento compartido, se vuelve virtualmente imposible desarrollar medidas preventivas efectivas (Coleman, 2007: 305-317).

Motivaciones para beber en exceso

Por lo general, los jóvenes aceptan y se involucran en el consumo excesivo de alcohol porque se considera un comportamiento normativo que es más preferible que no beber en absoluto. Esta aceptación ocurre frente a la comprensión experimentada y científicamente probada de que el consumo excesivo de alcohol presenta a los jóvenes numerosos efectos inmediatos, como apagones, resacas, deterioro de la coordinación motora y cognitiva y diversas formas de lesiones.

Además, las consecuencias sociales retardadas asociadas con el consumo excesivo de alcohol también pueden manifestarse después de un período de tiempo considerable. Tales consecuencias incluyen problemas en la escuela, en el hogar e incluso en el lugar de trabajo. Cuando se produce un consumo excesivo de alcohol en las discotecas, existe un alto riesgo de que el grupo recurra a la violencia.

Es sobre la base de estas consecuencias negativas que algunos investigadores ven el consumo excesivo de alcohol como una forma de beber desenfrenada y autodestructiva que posiblemente ocurre durante un par de días en los que el bebedor está muy intoxicado hasta el punto de desmayarse.

Debido a esto, es muy probable que el bebedor ignore responsabilidades, ignore el trabajo, derroche dinero e incluso participe en otras conductas de riesgo potencialmente peligrosas e indeseables, como peleas o sexo sin protección (Martinic & amp Measham 2008).

En tal caso en el que el bebedor consume alcohol sin cesar durante un período de dos o más días, lo hace específicamente para intoxicarse. Es esta definición de consumo excesivo de alcohol la que se utiliza en el diagnóstico clínico del fenómeno.

En vista de las posibles consecuencias negativas asociadas con el consumo excesivo de alcohol, es necesario intentar enumerar una serie de factores que faciliten el desarrollo de este fenómeno sociológico.

Beber es una actividad de ocio central

El consumo de alcohol se enorgullece de ser el modo central de pasar el tiempo libre entre los jóvenes. En un estudio del Reino Unido que incluyó grupos focales de adultos jóvenes y el consumo de alcohol entre los jóvenes fue mencionado como la actividad de ocio más dominante.

Para la mayoría, la bebida no es más que una fuente de placer, ya que es sociable, reconfortante y relativamente barata (Paton & amp Touquet 2005). Además, los jóvenes sintieron que había menos opciones que pudieran considerarse como una actividad de ocio (Martinic & amp Measham 2008).

Las ocasiones extremas de beber nunca son accidentales o involuntarias, ya que siempre se planifican con anticipación. A menudo, en una gran noche, emborracharse es siempre el objetivo y, para alcanzarlo, los jóvenes diseñan la progresión hacia la intoxicación aguda consumiendo una gran cantidad de bebidas alcohólicas con un contenido alcohólico relativamente alto en el menor tiempo posible.

Aunque los jóvenes a menudo señalan a la chica de los atracones como aspectos sociales como la facilitación social y el disfrute, una mayoría selecta de quienes han sido adictos a los atracones obtienen su placer de sentirse borrachos. Sentirse borracho se ha desarrollado como una forma ideal de pasar un buen rato (Coleman & amp Cater 2005). Existe una relación entre la búsqueda del éxtasis y el consumo excesivo de alcohol entre los jóvenes (Miller & amp Caroll 2006).

Beber como forma de facilitar las relaciones con los compañeros

Los compañeros juegan un papel integral en la provisión de identidad y apoyo social. Las normas culturales son un factor en el desarrollo de grupos de pares y, por lo tanto, un factor en la promoción del consumo excesivo de alcohol. Dado que el consumo excesivo de alcohol ha sido aceptado como un rito de iniciación por un lado y un hábito normativo por el otro, los jóvenes se involucran en él como un medio para divertirse y establecer vínculos con sus amigos. Esto es cierto para los estudiantes matriculados en universidades y colegios.

Además, gran parte de la bebida se lleva a cabo en entornos sociales. El vínculo entre el consumo de alcohol y las relaciones es muy complejo, pero lo cierto es que emborracharse es una forma de desarrollar relaciones íntimas.

Debido a que la adolescencia y la adultez temprana es una época en la que prevalece la formación de relaciones sexuales y románticas, el consumo de alcohol facilita el flirteo, que es un ingrediente clave en la formación de relaciones. La oportunidad para la interacción y la confianza para perseguir una interacción de manera efectiva es proporcionada por la intoxicación y el grupo (Martinic & amp Measham 2008).

Beber como medio para hacer frente a los problemas

Idealmente, los procesos de desarrollo y las transiciones siempre están marcados por la continuidad y la discontinuidad. El período de la adolescencia siempre se ha descrito como un período naturalmente turbulento en el que los adolescentes desarrollan problemas con sus padres, maestros de escuela e incluso con sus parejas íntimas.

Cuando se entiende que este período también marca el período en el que las personas experimentan con casi todo, ya sean drogas, alcohol o experimentación positiva, como asesoramiento y otros métodos de manejo del estrés, se vuelve relativamente más fácil comprender por qué los adolescentes y los jóvenes en particular recurren a el uso de alcohol como medio para resolver sus problemas.

Dado que el consumo de alcohol se da en grupos y que dichos grupos no solo funcionan como un formidable ciclo social sino también como una fuente de consuelo. Además, el grupo puede advertir a un individuo que el consumo de alcohol es idealmente la mejor manera de lidiar con estos problemas.


Guía del hombre para beber

Todo comenzó temprano con sorbos robados. La mayoría de las veces no teníamos whisky en nuestra casa porque mi familia no podía pagarlo, excepto durante la temporada navideña, cuando llegaban algunas botellas como regalo. Incluso la cerveza era un asunto ocasional de fin de semana, pero ciertamente no a menudo, tal vez una vez al mes. En el verano, mis tíos Walt y Arty, que habían regresado recientemente de la Segunda Guerra Mundial y estaban empeñados en la sedación, traían a nuestra cabaña una botella de Four Roses y una caja de cerveza A&P, esta última costaba un par de dólares. Por lo general, la cerveza se bebía mientras se pescaba suficiente pescado para la cena, y el whisky se racionaba durante una larga noche de póquer y un juego de mesa llamado Tripoley.

Mis dos onzas de cerveza en un vaso de jugo tenían un sabor áspero y a trigo y fueron seguidos por un desagradable eructo. El whisky intocable tenía un olor hueco similar a meter la cabeza en una gran tubería en el patio de almacenamiento de equipos de petróleo cerca de nuestra casa. Todos los adultos bebían y fumaban, hablando de forma desenfrenada, terriblemente contentos de haber vuelto vivos de la guerra, aunque apenas de una pieza. Pasar la totalidad de la guerra en la Armada en el Pacífico Sur es algo que no está representado de manera justa por los libros, y menos aún por las películas. Se muestra mejor en los rostros que recuerdo de hace cincuenta años, rostros afligidos de personas que intentan laboriosamente reanudar la vida.

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Supongo que el punto es que si pasas tus días detrás de una pala o en una oficina rechinando los dientes mentales, el alcohol es el rito de paso a tu tiempo libre, el resto de tu vida que tiene lugar cuando no te ganas la vida, las tardes. y los fines de semana dedicados a la búsqueda de la felicidad con derecho constitucional.

Feliz es la palabra, aunque sus dimensiones son ciertamente turbias. El niño nota de inmediato que los sorbos lo hacen sentir un poco tonto, aunque no desagradablemente. La cerveza claramente no sabe tan bien como una barra de Heath o la carne frita, por lo que llega a entender el alcohol como una medicina misteriosa que voluntariamente toma para volverse tonto y feliz, un placer que ciertamente no es igual a jugar con su pito en el retrete. detrás de la cabaña al borde del bosque.

Años más tarde pensé en este retrete cuando leí la línea de Yeats “El amor ha colocado su mansión en el lugar de los excrementos”. Las ironías abundan, aunque sólo se aprenden lentamente. Si los adultos beben demasiado y se ríen demasiado fuerte hasta altas horas de la noche, se sienten bastante desdichados por la mañana. Mirando hacia abajo desde el desván de la cabaña, una vez vi a mi encantadora tía Bárbara, con los pechos desnudos, sosteniendo su cabeza entre las manos y diciendo: "Maldita sea, tengo resaca". Los senos me desviaron de la idea de que la cerveza y el whisky pudieran causar dolor.

Por parte de la familia de mi madre, los suecos, no hay ningún signo visible de los efectos del alcohol, excepto en el tío abuelo Nelse, un soltero viejo y maloliente que vive en el bosque y se acurruca en el suelo del bosque de lilas después de beber. demasiado. Decir que los suecos no son demostrativos es quedarse corto. La sal y la pimienta son condiciones adecuadas para toda la vida. La única falla perceptible en la bebida de whisky Guckenheimer, la marca más barata, es que el abuelo tiende a hacer trampa en la partitura de pinochle si bebe demasiado, y también puede perder la escupidera con su mascarilla, aunque solo por críticas. pulgadas. Años más tarde, en un estado de nostalgia verdaderamente melancólica, traté de ordenar un shooter de Guckenheimer en el elegante hotel de Beverly Hills y el camarero pensó que era lo más divertido posible.

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Mi amigo de la infancia, David Kilmer, tenía fácil acceso al whisky porque su padre era un médico adinerado en nuestro pequeño pueblo que también tenía una cabaña en la costa. Robamos algo para nuestro campamento en el bosque. El escocés sabía a día de lavado, aunque parecía funcionar como repelente de mosquitos. También fue bueno para encender una fogata. Enterramos la botella vacía con un libro médico robado que trataba sobre el cáncer de útero y que contenía imágenes decididamente poco atractivas.

La primera vez que me emborraché fue a las siete de la noche de Nochevieja. Mi madre me hizo meterme en un baño caliente, donde vomité mi corazón de trece años. Esta experiencia me llevó a la religión y al atletismo. Como estudiante de segundo año de la escuela secundaria, fui segundo en la media milla de todo el condado. Me podría mentir cien veces con un brazo. Era profundamente mediocre en el softbol, ​​el béisbol, el baloncesto y el fútbol. Perder un ojo por una lesión infantil no ayuda en estos deportes. Desarrollé un cuello de talla 19 con el implacable giro de mi cabeza para ver qué objeto o persona me iba a golpear a continuación. Me volví hacia el arte y la literatura, que todo el mundo sabe que son caminos convenientemente lubricados por el alcohol. Cuando estaba en el último año de la escuela secundaria, enterré las glorias de James Joyce, un amigo mío y robé dos cajas de whisky escocés Haig & Haig Pinch del garaje de un hombre rico. Más de cuarenta años después, todavía no puedo tocar el whisky escocés, a menos que no haya nada más disponible. Como dijo William Faulkner, un bebedor noble, "Entre whisky y nada, tomaré whisky". Espero haber colado algo de este Haig & Haig en el pop de una novia en una fiesta. "¡Un perro orinó en mi bebida!" ella chilló. Su ropa interior se quedó puesta.

Otro amigo se emborrachó con una mujer y le rompió la polla. Había mucha sangre en el asiento trasero del coche. Era una estrella del fútbol y perdimos el Gran Juego que se perdió. Naturalmente, siguieron muchos chismes, pero nadie se burló de él, porque era el chico más duro de la escuela y podía beber un paquete de seis en quince minutos, una práctica que hace que uno se descuide en apuntar en el sexo.

Esta es toda la etiología de algo que aparentemente no se convirtió en una enfermedad en mi caso. El modelo de enfermedad para el alcoholismo se discute con frecuencia. Es simplemente cierto para algunos y no para otros. La gente miente poderosamente sobre el sexo, el dinero y la bebida.

Con dinero, dice que gana más o menos de lo que gana, dependiendo de la situación. Si está en compañía de amigos menos afortunados que podrían querer otro préstamo, implica que no lo está haciendo tan bien. En las conversaciones en las que se presenta el sexo, existe la incursión de la vida de fantasía de todos. Rara vez, si es que alguna vez, alguien dice: "Me estaba acostando con esta famosa modelo, pero solo tenía un medio maestro, cuya cabeza se volvió y dijo: 'No'". Hablar sobre el alcohol está lleno de una rica tradición de náuseas. Cinco martinis se convierten en tres, y tres botellas de vino se convierten en dos, en contraste con los años anteriores de todos, cuando nuestra vulgaridad esencial nos hizo rebuznar: "Bebí una caja de Schlitz". Por supuesto, a la mitad del tercer paquete de seis nos habíamos quedado dormidos con medio trozo de pizza saliendo de nuestra boca. By dawn eager flies had gathered.

The other day at a local bar while I was having a single Absolut on the rocks with a twist (some days I have two), a friend told me about his annual physical. This is a moderately expensive procedure for a man of sixty, so he thought, Why not be honest? When the doctor, pro forma, asked him how many drinks he had a week, my friend said, “About one hundred.” This is not an acceptable answer, needless to say. “You know, some days just a few pops,” he said, “but then a couple of days a week I’ll have thirty or so, then taper off to fifteen.” This is a remarkably sturdy fellow, of middle-European descent with a biggish body, no liver or kidney damage. I don’t know about his brain, though I did considerable study in brain physiology for a novel. In conversation he functions mentally at least as well as, maybe better than, our president. He is the rare man who can drink an amount that would be slowly lethal to 99 percent of us. Many try, many die, as it were.

Everything I say about alcohol is deeply suspect but hopefully pungent. Suddenly, life has become quite full of mono-ethic ninnies and nannies who address life solely as a problem to be solved. Just the other day a man who had lost a close relative to Timothy McVeigh said after witnessing the execution that he didn’t feel any “closure or healing.” If someone doesn’t comprehend that this kind of language rape is brutally stupid, there is nowhere to go with him. Seeing this reminded me of a time several years ago, in the depths of a particular Hollywood mud bath, where late one evening I was watching part of a local late-night TV show wherein a rather attractive young woman wept tears of rage over the idea that people were smoking cigarettes. It developed that she was an aromatherapist who didn’t go to bars neither did the vast majority of Californians who eventually voted to bank smoking in bars. What are to make of this? I think it was the writer Christopher Hitchens who pointed out that the cigarette hysteria began at the same time as the decline of Communism. If they drink at all, these mono-ethic types have embouchures locked permanently into the word chardonnay, though last November a lady who winced at my Sapphire martini and American Spirit cigarette managed to say merlot with muddy diction. Meanwhile, one must beware of the gaggle of amateur therapists who have recently come to life. Whether it’s your alcohol, cigarettes, or food, they are going to try to piss in it.

Back to the personal drawing board, the brainpan herself, on whose delicate feminine tissue my memories are less-than-indelibly etched. However, on the evolutionary curve, truly painful experiences are memorable so that we don’t repeat them. Once after a very hard night up on Halibut Point in Massachusetts, my young daughter told me when I woke up that flies has been “dancing” in my mouth. I recalled a few lobsters with butter, chased by cut-rate Old Thompson whiskey. Having lost several members of my family to drunk drivers and seen all around me the destruction caused to families by acute alcoholism in either parent, I am quite aware of the dangers. Alcohol can be Bosnia or the Congo flaring with a million machetes, while marijuana is more on the order of the fabled Mary Poppins. I was never good at getting stoned because it made me drink to get over the feeling of being stoned. Marijuana also gave me the desire for cheeseburgers, a food item I don’t normally touch. Fatty foods and butter kill millions every year. It is clear that drunk driving, a crime I’ve never been convicted of, kills about fifteen thousand people a year. It is less clear why sober drivers kill twice that number. Of course there are a great deal more of them, but if the propaganda is correct they should be perfect. People have all the rational skills of Brownian motion.

Two decades ago, in my drinking prime (a matter of volume), my pain threshold was such that I could endure hangovers and still function as a writer. This became less true in u early fifties, and as time continued to pass, which it seems to do, I lost the ability totally. Evidently I was far more devoted to my art than to alcohol and developed sensors to check myself. A friend and novelist, Tom McGuane, once said to me, “You can’t quit anything until it gets in your way.” He also said that alcoholism was the writer’s black-lung disease. Historically, we miners of the consciousness have had a decided propensity in this direction. Walker Percy, both writer and non-practicing doctor, thought of it as a “reentry problem” wherein alcohol could ease you back from the imaginary world of your work to the supposed real world where you did your actual living. This is obviously true in small doses, but becomes less and less true as the doses get larger. And at a certain, specific point it becomes not true at all. It is not pleasant to watch people hit themselves hard in the temples with this ancient hammer.

My total turnaround was rather slow in coming but finally accomplished. The signal event, a few years ago, was when I sat in a La-Z-boy chair my wife loathes and stared down a fifth of VO Canadian, a longtime favorite that had become a slowish death of sorts. I simply loved the flavor, and a tear formed when I poured it out in the sink after gazing at it for several hours. It’s difficult to comprehend the difficulty of breaking a habit so easily acquired.

Long ago I misplaced the list I used to keep of writers I had known who had had to quit drinking to stay alive. I remember the number was up to nineteen, and it must be nearly double that by now. Perhaps it begins with alcohol’s dispelling the essential loneliness of a solo art, and then for many the habit gets out of hand and swallows the life. I wish I had never seen a certain photo of Faulkner, taken after he had emerged from shock treatments in an asylum for his binge drinking. In the photo he looked like a bruised purple plum, or an old picture of a hanged man with a posse looking on telling jokes while their hoses shuffled in the dust.

Ultimately writers aren’t anecdotally all that interesting. The truly bad behavior is a convenience, a permissive indulgence with a superstructure of shabby myth. For instance, Hemmingway scholars haven’t quite been able to face the fact that his accident-proneness was a result of getting pie-eyed everyday after his morning’s work. In the time around the liberation of Paris, Hemingway liked to have a magnum of champagne for breakfast in his quarters at the Ritz. At nineteen I had to sit on the same bar stool at the White Horse Tavern on Hudson Street in the Village where Dylan Thomas had drunk his fatal eighteen straight double shots from there he was taken to Saint Vincent’s, where he could not be revived. Literary history is littered with the iconography of booze, and coming to maturity as poets in the 1960’s, so many of us seemed to think it was obligatory to become willing victims of the disease model of the writer and alcohol. It was all a wonderfully sloppy comedy of stuporous poets and novelists writing as fast as possible before imminent death or decrepitude. The media and public at large seem overfond of these spectacles of disintegration, which confirm in them the wisdom of their own abstinence. An artist’s gift of perhaps excessive consciousness includes a need to get rid of this overflow.

We are all specifically encapsulated in what the French think of as la comedie humaine, in which our behavior might strive for the original but is destined for failure. When a country song says, “There’s a dark and troubled side of life,” many of us actually see it right, left, back, and front, on the periphery of vision, but then tragedy classically requires that people of high degree war with enemies, fate, and destiny. Students of literature understand that tragedy doesn’t include hangovers. No matter how acute, the pain of hangovers can’t rise above farce.

I was sympathetic to a friend whom the police identified by his room key when he was found sleeping in the desert outside of Las Vegas. Another friend found himself in the Los Angeles airport after having a few pops the day before in a West Side bar in New York City. Having never blacked out, I find this phenomenon interesting. One of the primary hoys of my life has always been sleeping, which stops me well short of the blacking-out phenomenon. I’m a bit of a piker, as it were, and life’s secret forces after a bottle of wine drive me toward my bed. The terror of blacking out should stop anyone in his damp tracks. The feathers on your chin mean that you ate the parakeet.

Doubtless, Western culture would suffer great damages if not the correctiv3e of hangovers. The origin of the riot-producing English Gin Tax centuries ago was simply that gin was too cheap and people weren’t showing up for work. It’s no fun to be in the Westwood Marquis, waking up for an early meeting at Columbia Pictures (now Sony) and, due to hangover foibles, remembering all of the lyrics to Nancy Sinatra’s “These Boots Are Made for Walkin’”. In your mind’s eye you can see Nancy herself prancing around the stage on Ed Sullivan in her high, white boots. You’re remembering not lines from Yeats, Lorca, or Whitman but only this fungoid song, as ugly as the carrot juice you ordered as a nostrum for breakfast, a song as ugly as the toilet bowl into which you poured the carrot juice rather than out the window so that someone far below could have said, “My God, carrot rain.”

Hangovers have all the charm of a rattlesnake cracking its jaws as it swallows a toad. It’s June now, and my last hangover was in November on a book tour in New York City when Mario Batali cooked us a nineteen-course meal, which I wrote about for this magazine. On the way to La Guardia at dawn I meditated on the amount of effort it had taken the magnums of wine to penetrate through the food, but they had gotten the job done. During a plane hangover, you’re always flying solo, in an inward self-referential trance full of the whimsicality of modest self-pity — modest because the wound is self-inflicted. Doubtless if the plane lands upside down you will be the only fatality. Both murderers and hangovers are deeply sentimental, more so than Mothers Day or first love. The lost sock, the boiled-over oatmeal, the defective coffee maker are taken personally. Self-pity must be the most injurious of the faux-literacy emotions. Mope and slump in your sludge your brain chemistry is a canned soup of insincere regret. The big boy on book tour conveniently forgets the decades when no publisher bothered asking him to tour.

In my forties, I turned to wine with a passion that I had offered it only sporadically. Obsession can’t be eliminated, only replaced. I’m clearly a daffy sort, and one summer I tested thirty-four Cotes du Rhones in search of a house wine I could afford. Since then some of my favorites – Guigal, Vacqueras, and Domaine Tempier Bandol – have risen in price, but I’ve decided I deserve them.

Unlike booze, good wine resonates so broadly it draws in the world that surrounds us. The effects of it are slow enough that you can check yourself, an absolutely vital talent if you drink. As an old Zen dictum says, you must find yourself where you already are, and the disorienting effect of hard alcohol makes this unlikely. Good wine increases the best aspects of camaraderie and sweetens the tongue for conversation. It softens the world’s sharpest edges, in contrast to the blunting power of booze. In short, you don’t become dumb at a blinding pace, and you mood swings from gentle to gentler.

When I come into an aspen glade in May and find several dozen morel mushrooms, I begin concoct a meal, perhaps the chicken thighs sautéed with wild leeks and morels devised by Tom Colicchio of New York’s Gramercy Tavern, and also of Craft. If I was making the same dish with elk I’d drink a big Tuscan vintage, or my all-time favorite financially reachable wine, Domaine Tempier. Mild danger lurks: Before we left our casita on the Mexican border this spring, I drank an assortment of fine reds with sweet-breads fresh abalone, doves, quail, and elk. You can pay two hundred bucks to a doctor to find out this combination might bring on gout, but you already know that. For some of us the inner greedy child is at work right out there on our skins.

Now I approach sheer pleasure with a blended elbow, but not an upturned nose. I could have become a wine snob, but I didn’t. The escape was narrow, but my salvation was several near-bankruptcies, and then quitting the screenplay business dew me up short of the income required to maintain a good home wine cellar, the yearly purchases that ensure that in ten years and more I will be stopping on the way home from the office for one of the syrupy California “cabs” so favorited by nitwits. I admit I still have some magnums of Mount Eden from the seventies, and superb Joseph Heitzes from the same period, but California wines are not my métier. Is this because California has become a state where you can’t smoke a cigarette with a glass of wine in peace? Is it partly due to the ridiculous rating system of the Wine Spectator, which occasionally leads one to believe that major advertisers are getting a break? Is it because some flatulent venture capitalist has announced that his recently acquired Napa vineyard will compete with Lafite Rothchild?

Money can distort the buying and drinking of wine just as it distorts art in the gallery and auction businesses. The most frequent question is not if the wine or art is good, but how much did it cost you and what is it worth now? Money easily demeans our taste in art and wine with that bull-market attitude of “Look at me, I can afford to turn a four-hundred-dollar bottle of La Tache into peepee when the whim comes over me.”

I learned win by failure and shameful waste. Back before the yuppie salad days, I earned a bunch of money, as much as “high in the six figures” one year. There were a few early lessons buying English casino stock and Australian oil stock, both of which became worth nothing at all, like an empty whiskey bottle. I can’t tell you where the money went, as my brain lacks orientation I have feeling that it simply took a bus out of town.

I tend toward the comic view of these years. The pre-bedtime line of coke called for a vintage Margaux. The fifty-case deal I made with a man selling his collection, more than half of it Premier Grand Crus, literally flew out of the basement. The seller preferred a private party to a restaurant, confiding that he was looking for someone who would take care of these wonderful wines that he had taken years amassing.

Some of it was well used with friends who were aware of what they were drinking during the massive feast of woodcock, grouse, and venison. The matter stops me just short of confirming a sense of my total boorishness in that period, and my oldest daughter had the sense to hide some old de la Tour d’Yquems, and Lafites for her future wedding, but essentially I was an untethered swine in a fertile truffle patch.

The few great vintages I have left I reserve for the fall, during bird season. Otherwise, to put them back in reach I go to France on book business once a year and mope around prayerfully. The French are relentlessly up for a special occasion, and when a book is doing well, my French publisher, Christian Bourgois, tends to order Cote-Rotie from the seventies if I visit Lulu Peyraud in Bondol, I get to drink the older Domaine Tempeir, which has somehow disappeared from my cellar through enthusiasm. Like the spotting of a rare bird, I remember the entire ambience and surroundings of a great wine. The magnum of 1990 Mercurey Clos des Barraults at Gerard Oberle’s in Burgundy includes the morning trip to the market in Moulin, the roses in the yard, his Alsatian dog, Eliot, barking at the neighbor’s Charolais cow, the cooking of two lobes foie gras, Gerard’s so-so singing of Purcell’s “Come, Ye Sons of Art” as he served the meal. On the other hand, with booze the most memorable aspects were the hangovers.

Years ago I had a short correspondence with the fine American writer Raymond Carver. I remember thanking him for a warm review he had given me at a particularly low point in my life. When he wrote back he apologized because he couldn’t remember writing the review or much of anything from those years. And this, from a grand talent, perhaps a genius, seems sad indeed. Life is so short you want to remember all of it, bad and good.

It has occurred to me that I’m drawn to wine for the same reason that fishing and bird hunting have been lifelong obsessions. The pleasure is in the path, the search for something good finding an drinking a fine, reasonably priced wine is similar to catching a trout in an unlikely eddy of a river, or a two grouse in the bag on a cold, rainy October morning, it is celebratory rather than sedating, a nod to the realities of existence rather than an erasure.

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How to reduce your risk from alcohol

To keep health risks from alcohol to a low level if you drink most weeks:

  • men and women are advised not to drink more than 14 units a week on a regular basis
  • spread your drinking over 3 or more days if you regularly drink as much as 14 units a week
  • if you want to cut down, try to have several drink-free days each week

Fourteen units is equivalent to 6 pints of 4% beer or 6 glasses (175ml) of 13% wine.

Page last reviewed: 15 February 2019
Next review due: 15 February 2022


5 Steps to Help You Kick The Coffee Creamer Habit

I don’t drink coffee. There, I said it. I know I am in the minority here, but I drink hot green tea in the mornings. But I know that most of you out there not only drink coffee, but love your morning cup of joe. In fact, many people tell me that they are addicted to coffee, and indeed it is a drug. But is your coffee habit getting in the way of your weight loss or healthy lifestyle goals?

I drank coffee in college…black coffee, mostly because that’s what my mother drank. So I never got into the cream and sugar filled coffee. I gave coffee up because it made me too jittery. Tea seems to be just the right amount of caffeine for me. But I understand that many people are addicted to their coffee, and black coffee is not the norm. So extra calories, fat, and sugar are showing up in your cup on a regular basis.

I am not going to tell you to give up coffee. In fact, coffee has many health benefits when enjoyed in the right amounts. It contains powerful antioxidants that can help fight diseases like diabetes, cancer, heart problems, and dementia. Coffee can also help you focus mentally and feel more energized. Drinking two cups of coffee in the morning can actually be a good thing.

However, as soon as you add other things to coffee, the nutritional value starts to plummet. Adding sugar is obviously going to increase your sugar intake. If you are still using sugar in your coffee, you really want to try to wean yourself off of that habit. You can get some ideas from my other posts about quitting sugar. And please don’t switch to artificial sweeteners, which only means you are adding foreign chemicals to your body. Learn to drink your coffee without any added sweetener.

In my discussions with clients and friends, it seems the bigger addiction is with coffee creamer. Let’s start with the stats. For 2 teaspoons of French vanilla coffee creamer, you are taking in 50 calories, 3 grams of fat, and 6 grams of sugar. That’s a lot of unwanted stuff for a liquid you are pouring in your coffee! I was also surprised (and grossed out) to see that most creamers have vegetable oil in them. ¡Qué asco! Finally, carrageenan will most likely show up on the ingredients list. This is a natural additive to thicken the product, but has been directly linked to cancer, so you want to avoid it.

Now it’s just a guess that many people use more than 2 teaspoons of creamer, mostly because they just pour it in the cup without measuring. Plus you have to add on the second (or third, or fourth) cup of coffee too. So you could be taking in well over 100 calories and over 10 grams of sugar if you are heavy-handed with the creamer. Considering that you shouldn’t be going over 20 grams of sugar in a day, it’s not a good sign when you are half-way there before your day even starts.

I asked the members of my Facebook group about their coffee habits, and got some interesting answers and feedback. I want to share some of their suggestions with you so you can see what might work for you. Replacing or eliminating your beloved coffee creamer is not something you have to do overnight, so these suggestions go hand-in-hand with the next section where I talk about how to go about making a change.

Reemplazos

Instead of coffee creamer, you could opt for different varieties of milk. Some people use whole milk, 2%, 1%, or skim. Many of the responders said they hated skim milk in coffee, but others didn’t mind it. There are also non-dairy milks, like soy, almond, and coconut that will provide a creamier texture similar to coffee creamer. Just make sure you go with unsweetened milks. You could also try adding some simple flavoring to your coffee, like real vanilla extract and cinnamon. Other people suggested half and half, which has no added sugar in it.

A word about sugar-free creamer. No. That’s my word, just no. In many types you will find trans fats in there. Just look on the ingredients label for anything “partially hydrogenated.” If you see that, there are trans fats in there. You are also looking at artificial sweeteners (many use sucralose), which you want to stay away from as much as possible. Fat free half and half isn’t much better. In this case, the removed fat is just replaced with sugar, usually in the form of corn syrup.

Eliminando

Your best bet is to eventually get to where you can drink your coffee black. If the bitter taste of black coffee turns you off, there are some things to consider. First, you can try out different roasts. You might like a lighter roast with nothing added to it just fine. Also, invest in good quality coffee. Yes, it will be more expensive, but it will taste better and you will save money by not buying creamer.

Some of you may be shaking your head right now and saying, “No way, I am not giving up coffee creamer.” Well, would you at least be willing to try? Remember that it takes at least 3 weeks for something to become a habit, and even longer to break an old habit. So it will take time, and probably will require a slow transition process. One responder said that it took her husband a year to do this. If after all of that, you still want to go back to creamer, then I guess you can say at least you tried. You just have to be careful to budget in your diet for it.

Because coffee is such an addicting habit, the best way to change the way you drink it is slowly over time. Follow these steps.

Step 1 – Mix half creamer and half half-and-half in your coffee cup. Do this for 3 weeks, or longer if needed.

Step 2 – Drink your coffee with just half and half, no creamer. Do this for 2 weeks, or longer if needed.

Step 3 – Mix half half-and-half and half milk in your coffee cup (I recommend an unsweetened almond milk for the creamy texture). Do this for 2 weeks, or longer if needed.

Step 4 – Drink your coffee with just almond milk. You can stay happily here or move on to step 5 after 2 weeks.

Step 5 – Drink your coffee black.

Another suggestion when trying to wean off coffee is to remove 1 daily cup. So if you drink coffee all day long try removing your afternoon coffee. Replace it with tea or water.

Also, don’t forget to measure. If you decide to continue with creamer it might do wonders to just measure the creamer used instead of “eye-balling” it. This could save many calories in the long run.

What are you tips to break or reduce the coffee creamer habit?


Caution before zeal? The novelist who lost her mind to it

Sylvie Imbert and Samuel Blaise both had happy endings to their story. For others, Baclofen was devastating.

In 2008, a British PR executive called Anna Sargent bought Baclofen online to finally stop drinking. She suffered severe side-effects and panic attacks when she stopped taking it, and killed herself soon afterwards. Her parents blamed the drug, and said at the time that she “couldn’t face more of these terrible effects of feeling anxious and suicidal”.

The story of Alix de Saint-André, a renowned Parisian novelist, is another case in point.

When Saint-André read about Baclofen, she decided to try the drug “as an adventure” in order to give up smoking. At the time she was chain-smoking three packs a day and had tried to quit many times without success.

Under close supervision (a physician friend of hers who admired Ameisen’s work agreed to give her a prescription), she holed herself in her country home during Christmas break to start the process, always making sure to stay within the recommended dosage.

This was 2008, and while the protocol was relatively new, Saint-André was comforted by Ameisen’s assurance that Baclofen’s side-effects were “as harmful as drinking a glass of water”.

Soon, however, she stopped sleeping and lost her appetite (she also started to write, and was delighted by her sudden rush of inspiration). A few days later, things took a turn for the worse. She had hallucinations, paced her bedroom endlessly, and found herself talking to saints and dead scholars.

A friend of hers quickly became alarmed and forced her to check into a psychiatric hospital, where she stayed for four hellish weeks. In her memoir L’Angoisse De La Page Folle, Saint-André details how her full recovery would take a whole year, and included weekly sessions with a psychiatrist as well as anti-psychotics and anti-depressants.

Her experience left her skeptical of a drug so many called “life saving”. As she researched what had happened to her, she found another case of Baclofen-induced psychosis in medical literature, which spurred her to alert the media about it (they took little notice, she says). Saint-André worries that cases similar to hers are ignored by overenthusiastic doctors – and the thought of patients self-medicating with no professional supervision mortifies her.

French doctors, she says, are quick to fight back with a utilitarian reasoning: if Baclofen can help half of the 120 people a day who die from alcohol-related diseases while only a tiny percentage experience severe side-effects, there’s no question it should be used. “I’ve had doctors keen to remind me that some people died when the first vaccines were being tested on them,” she says.

After the publication of her book, Saint-André says she was contacted by readers with similar stories. One man told her about how his wife had been prescribed Baclofen by a dermatologist to, of all things, lose weight.

Three weeks in, she started to suffer from paranoid delusions. Shortly thereafter, she threw herself out of a window.


  • Oxford scientists link alcohol consumption with reductions in brain grey matter
  • Grey matter contains neuronal cell bodies of a person's central nervous system
  • Research into the effects of drinking alcohol in moderation appears to be mixed

Published: 10:49 BST, 19 May 2021 | Updated: 10:55 BST, 19 May 2021

In a blow to those of us who enjoy a tipple after work, a new study reveals drinking any amount of alcohol is harmful to the brain.

Researchers from the University of Oxford have linked 'moderate' drinking to lower volume of grey matter.

Grey matter, found in the outermost layer of the brain, is high in neural cell bodies and plays a major part in the central nervous system.

The researchers report 'no safe dose of alcohol for the brain', and say that moderate consumption is linked with 'more widespread adverse effects on the brain than previously recognised'.

The scientific literature on the effects of drinking alcohol in moderation appears mixed.

Previous research has found a glass of red wine a day can stave off diseases such as Type 2 diabetes, osteoporosis, Alzheimer's and heart disease.

The study from University of Oxford researchers found alcohol consumption was associated with reductions in brain grey matter

UK DRINKING GUIDELINES

The NHS advises men and women not to drink more than 14 units a week a week to avoid health risks.

For example, a bottle of lager would contain around 1.7 units, and a large glass of wine around three units.

A pint of strong lager contains 3 units of alcohol, whereas the same volume of low-strength lager has just over 2 units.

If you have one or two heavy drinking episodes a week, you increase your risk of long-term illness and injury, according to the Chief Medical Officers' guideline.

The risk of developing a range of health problems (including cancers of the mouth, throat and breast) increases the more you drink on a regular basis.

Moderate alcohol consumption is 'often viewed as harmless to brain health', the Oxford team now point out, but this school of thought may be misguided.

'There's no threshold drinking for harm – any alcohol is worse,' study author Dr Anya Topiwala at the University of Oxford told the Guardian.

'Pretty much the whole brain seems to be affected – not just specific areas, as previously thought.'

Dr Topiwala said her team did not actually define ' moderate' drinking in this study, as there is no consensus for this.

'Instead we looked at the whole range of consumption from zero units weekly up, and found a straight line between alcohol intake and poorer brain health – i.e. there was no level of drinking that appeared as safe as non-drinking,' she told MailOnline.

'Current UK guidelines refer to less than 14 units weekly as 'low risk'. We found evidence there were associations with poorer brain health below this.'

The study included 25,378 participants of the UK Biobank – a long-term study investigating the development of health problems.

The researchers looked at each person's alcohol consumption, determined using questionnaires, as well as MRI scans of the brain and other personal data including age, education and lifestyle factors such as smoking.

Higher volume of alcohol consumption per week was associated with lower grey matter density, the team found.

Alcohol explained up to 0.8 per cent of reduction in grey matter volume.

Grey matter is mostly found on outer-most layer of the brain, or cortex, and serves to process information. White matter, the paler tissue towards the centre, speeds up signals between the cells

'While this is a small effect size in comparison to age, alcohol made a larger contribution than any other modifiable risk factor tested, including smoking,' they report.

Grey matter is mostly found on the outer-most layer of the brain, or cortex, and serves to process information, while white matter, the paler tissue towards the centre, speeds up signals between the cells.

The team also found 'widespread negative associations' between white matter structure and alcohol consumption.


10. Binge-watching

Oxford dictionary definition: &ldquoThe practice of watching several episodes of a TV program on one occasion, usually by means of DVDs or digital streaming.&rdquo

Introduced: Junio ​​de 2018

Origen: The term 'binge-watching' is derived from the words &lsquobinge-eating&rsquo and &lsquobinge-drinking&rsquo, which had become popular in the U.S in the 1950s. These were followed by &lsquobinge-reading&rsquo in the 1990s.

The origin of the word &lsquobinge&rsquo is vague. The English Dialect Dictionary of the end of the 19th century noted that to binge means &ldquoto soak a wooden vessel such as a cask or a tub to swell the wood and render it watertight&rdquo. Subsequently, a man who &ldquosoaked&rdquo himself in an alcoholic drink was said to be &lsquoon a binge&rsquo. In its modern interpretation, to binge means to go on a spree or to immerse oneself in an activity or a situation.

The word &lsquobinge-watching&rsquo was first recorded in the U.S. way back in 2003. However, it only found popularity from 2012 onward. Today, binge-watching would imply indulging in watching many episodes of a TV show in one sitting.

Language is constantly evolving and some new words that may appear odd or amusing to us at present may well become a part of the vernacular in the years to come. Hence, it would be interesting to observe which new words and phrases will be added in the dictionary in the coming decade.


‘Below Deck’s Chef Rachel Hargrove Gave Us Her Secret To That Mouthwatering French Toast

It’s already been quite a season for Chef Rachel Hargrove — and we’re only 1.5 charters deep in Below Deck. But there were no shortage of topics to discuss when I hopped on a Zoom call to Italy, where Rachel is currently nursing a busted hand (and maybe a bottle of wine or two) as she binge-watches her favorite Netflix shows.

Here, she breaks down her side of that omelette-induced panic attack in the galley, why she had to channel her inner Cartman from parque del Sur to deal with bosun Eddie Lucas, and yes — we got her to explain exactly how she makes that delectable french toast.

DECIDER: Where are you and what are you doing, what’s your situation right now?

CHEF RACHEL: I’m located in a little tiny town on the Ligurian Coast. It’s very, very small. But it’s a marine community — it’s really cool. I was working, and that’s how I broke my hand. I was walking through [the boat], and one of the emergency doors is a watertight bulkhead. It’s a big boat. It has these FOBs where you have to log-in to each section of the boat in certain sectors. Like, strict. And so I put my hand in the handle, and I was pressing the button to disengage so I could go in through it. Instead, it just took my hand right through it into the pocket of the bulkhead. So it crushed my hand. There was an initial fracture, and then I said, something’s not right. I went back and had an MRI done on it, and they were like, “Oh, all your metacarpals — they’re on the brink of being broken.” Actually, in the initial x-ray you could see the crack of the ring finger. In the hand, not in the ring finger part itself. So, I’m not working right now.

Are you with the boyfriend that we just saw on the last episode?

Unfortunately, COVID took its toll. Sí. Another one bites the dust. It took me five months, from the start of production to being quarantined for three months in Florida. Then, I finally said, I have got to find a job. I found a boat, and I took a 21-day passage just to get home to him. And then I’d get home, we spent a couple of weeks together and it was just like: “[Sighs]. Sí. I kind of like being alone. Treat yourself — keep the furniture. I’ve got my own.” My happy tush moved here.

Tell me a little bit about that French toast that we saw. It looked incredible. I don’t know if you have any secrets you can share about it, but obviously I need to know if you do.

I’m going to share those secrets. You take some stale brioche or challah. You cut them in an inch thickness — don’t get them pre-sliced, you cut the old loaf that’s stale. Then what you do is you take your egg yolks like you’re going to make an anglaise — like you’re going to make a custard. You spin them really quickly with sugar so they become yellow ribbons. You integrate, here’s the thing: an actual vanilla pod. That’s what makes it. Not extract. Or, if you have the essence that has the actual bean inside, the contents inside of it. Es asombroso. It changes it, it completely changes the flavor profile, I think. Sometimes you get these Madagascar ones that are really good, or Tahitian. But they’ve got the bourbon inside of it. I think that actually comes across. If you don’t have it, use almond. Almond extract is good too, just a little smidgen of almond gives it a nice little thing. And then a little heavy cream inside of it, and it actually cooks when you’re on the pan. You can finish it in the oven too, so it’s not real stodgy. Then it becomes elevated, like a bread pudding of slices. I love making it. People get really excited because they’re thinking, “Ugh, an American making French toast? What is this going to be, some sliced white bread, real eggy and stodgy?” And I’m like, “No no no. No, no.” [Risas]

I don’t know if we’ve ever seen a chef on this show that is such a food nerd. You seem to have this love for it that’s almost scientific and technical. Is that something you’ve always had? Have you developed that?

I’m a nerd. And I’m okay with it! I’ve embraced it since a long time ago, getting my school bus chair kicked by other kids. Certain things, if I get interested in it, I throw myself completely into it. I immerse myself in it. And I enjoy it. But what’s fascinating about food is, in the culinary world, it’s not just food. If you get bored with it after you’ve traveled and studied and you’ve applied it and you feel like going health and wellness, then that’s a whole other avenue. You can take it to the nutrition side. It’s an infinite Pandora’s box of peeling it back. Peelin’ back that onion, and crying when you don’t have proper pans.


Ver el vídeo: Violencia, xenofobia y juventud con Ana Salinas de Frías y Carles Feixa 2 (Junio 2022).


Comentarios:

  1. Maslin

    Se parece a él.

  2. Destan

    Totalmente de acuerdo con ella. Me gusta tu idea. Oferta para poner una discusión general.

  3. Nisr

    Quiero decir que no tienes razón. Puedo probarlo.

  4. Dirr

    Ciertamente tienes razón. En él, algo es y es un pensamiento excelente. Está listo para apoyarlo.

  5. Jude

    Tu respuesta es incomparable... :)

  6. Garet

    ¡Muy bien! Idea buena, apoyo.



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